21 de septiembre de 2014

Eros.

Aprieto las palmas de las manos contra el vestido negro de encaje mientras avanzo nerviosamente por la majestuosa estancia. Pulso el interruptor que ilumina una lámpara de lágrimas de cristal de aspecto antiguo. Me siento pequeña en medio de tanto lujo, acaricio distraídamente la suave tapicería granate del rígido sofá, el negro lacado del piano. Aprieto una tecla y acto seguido ya estoy intentando una melodía sin éxito.

–¿Te gusta el piano?

Él está detrás de mí. Ha estado ahí todo el tiempo, junto a la cortina, esperándome en el más absoluto silencio. Un escalofrío recorre mi espalda. Me giro para mirarlo. El imponente traje negro, de un tejido exquisito e impecable, el elegante cabello oscuro, el antifaz que cubre casí todo su rostro, sobrio, negro, dejando sólo al descubierto el mentón y los finos labios. Es atractivo, misterioso y sombrío.

–Sí... señor.

–¿Sabes tocarlo? –su voz es aterciopelada y apenas la eleva, como una caricia sugerente.

–No... –aparto la vista, avergonzada, mirando la punta de mis zapatos de raso mientras él se acerca. Coloca sus manos de finos y delicados dedos en mis antebrazos y me da la vuelta con suavidad. Mi escasa altura frente a la suya permite que pueda asomarse por detrás de mí y acercar sus manos a las teclas. Las coloca sobre las mías, con suavidad, su tacto me eriza el vello de la nuca, pero no me desagrada. Toca una combinación de notas, muy despacio, y posa sus dedos sobre el dorso de mi mano. Tardo unas fracciones de segundo en darme cuenta de que he de repetirla. No es hasta que él toca otra secuencia que me doy cuenta de que es la Para Elisa. Repito sus movimientos hasta que me es imposible seguirlo. Entonces él dirige mis dedos personalmente, sin brusquedad, desliza mi mano bajo la suya de una tecla a otra, mientras su otra mano acompaña la melodía en la parte más grave. La canción se reconoce, pero el tempo es incorrecto. Mis dedos son demasiado lentos, mientras que los suyos se mueven por el piano como si estuvieran hechos para eso. Maravillada, no me he dado cuenta de la proximidad que han tomado sus labios a mi rostro, su fragancia amaderada me envuelve en un cálido abrazo.

Detiene finalmente la música y dirige sus cálidas manos a mi rostro. Acaricia mis mejillas, mis párpados, desliza el pulgar por mis labios.

–Eres preciosa –dice muy cerca de mí. Salgo de mi ensimismamiento y abro los ojos, trato de escudriñar tras las escuetas rendijas de su máscara de raso, pero él se aparta de mí. Se sienta sobre el decimonónico sofá, pero no retira sus yemas de los dedos de los míos, invitándome a seguirlo. Lo miro desde arriba, desde el hueco entre sus rodillas. Coloca sus manos sobre la cara exterior de mis muslos. No es una caricia obscena, pese a que nunca nadie me había tocado así antes.

–¿Te gusta el vestido?

–Es precioso, señor –no sé qué decir, no estoy acostumbrada a una prenda de ese tipo, ni a la preciosa perla, seguro auténtica, en forma de lágrima que cuelga sobre mi pecho, a juego con las más pequeñas de las orejas, pero tendría que ser una auténtica idiota para no reconocer la calidad del tejido negro que me envuelve– Nunca había llevado un encaje tan exquisito.

Mi respuesta le hace sonreír.

–Tiene un tacto maravilloso, ¿verdad?


Asiento mientras sus dedos ascienden por mis caderas y mi cintura, mientras se yergue, hasta llegar a la espalda allí dónde el vestido la deja al descubierto. Su tacto sobre mi piel desnuda activa de nuevo estremecimientos eléctricos. Siento la necesidad de corresponderle, de colocar las manos sobre su pecho, de acariciar su afilado mentón y retirar la máscara que cubre sus ojos, pero tengo miedo de incomodarlo, de que un momento violento rompa la magia que parece flotar sobre nosotros. Su delicada gentileza me hace sentir extremadamente torpe, de modo que no hago otra cosa que dejarme llevar, y estrictamente me dejo llevar, porque ha empezado a conducirme hacia otra estancia con su mano sutilmente posada sobre la mía.

Es un dormitorio, con una impecable colcha y cojines, pesadas cortinas, un tocador de caoba y otros detalles lujosos. Su fragancia es más intensa allí, como si estuviera de algún modo impregnada en los tejidos. Todo en ella me provoca un impulso de acariciar las paredes, los muebles, las cortinas, pero no me muevo mientras él lleva su mano a mi pelo y retira el adorno que lo recogía a un lado, dejándolo caer suelto sobre mis hombros. Acerca su rostro a mi cabello y roza delicadamente mi cuello con sus labios, en lo que no es un beso sino más bien una caricia sutil. Todo ese deseo contenido me excita más que si me besara apasionadamente, que si la mano que en mi cintura me hace girar lentamente para encararlo estuviera posada sobre mis nalgas o sobre mis pechos.

–¿Quieres ayudarme? –me dice mientras se lleva los dedos al cuello de la camisa y empieza a desatar el nudo de la corbata. Las piernas ya me fallan, de modo que me libero de los zapatos. Pierdo altura frente a él, así que alargo los brazos para que mis dedos torpes lo liberen de la tela suave. Una oleada de perfume me hace perder toda reticencia y desabrocho un botón y después otro, dejando su marmóreo pecho al descubierto, y no puedo evitar besarlo. Temo que ese primer beso entre ambos sea demasiado rápido, pero no parece importarle, de modo que voy marcando una senda cada vez más cerca de su ombligo, incluso más allá. Me agacho para liberarlo también del pantalón, con un beso allí dónde una línea de vello finísima conduce al final de su vientre, pero me sostiene con ambas manos por los brazos sin apretar, con la suficiente firmeza como para no permitir que mis rodillas lleguen a tocar el suelo.

–Es pronto para eso.

Tengo ganas de discrepar, pero el tono de su voz disipa toda posibilidad. Me quedo callada mientras me alza sin aparente esfuerzo por la cintura, mientras sigo dándole vueltas a su hosquedad. Como para acallar mis temores, besa cálidamente mi boca por primera vez, y siento que mis músculos se destensan mientras separo mis labios para dejar paso a su lengua, al principio suavemente, después con anhelo, pero él se separa de mí. Su absoluta moderación me desconcierta, pero también me atrae. Sin un jadeo me deposita suavemente sobre la cama.


Lo que hace después me coge de improviso, y no puedo evitar dejar escapar un sonido ahogado, cuando anuda su corbata de seda detrás de mi cabeza y todo se vuelve negro. Lo que sigue es desconcertante y extrañamente excitante. Al principio me oriento por el halo de luz que viene de la lámpara, pero me niega también esa posibilidad. La habitación se vuelve un baile de aromas, pero sobretodo de texturas. La colcha es de satén, rematada con puntillas. Hay cojines de seda y siento también terciopelo. El cabezal es de madera fría y pulida, en cambio, su pecho y sus manos son todo calidez. Me besa sutilmente los labios y la barbilla, el cuello y la clavícula, la nuca y la espalda. Perdida y desorientada, no sé exactamente dónde está, ni dónde va a besarme o acariciarme. Siento sus manos sobre la cara interior de mis piernas, siento como levanta suavemente la tela del vestido. Acaricio su pecho, sus brazos, pero tanteo en vano en busca de su rostro. Sólo lo beso cuando él me besa. Cuando conduce sus labios lentamente desde mis tobillos a mis rodillas, y aún más arriba, me estremezco bruscamente y dejo escapar un gemido. Él se aparta de mí y durante un instante tiemblo por la incertidumbre. Privada de la luz, todo es extraño, y anhelo su roce pero no echo en falta su presencia, sé que está frente a mí. Sé que se ha quitado la máscara de suave raso negro cuando sus labios besan mi vientre ya desnudo por encima del ombligo. Sé que lo deseo, no cabe duda alguna, pero no puedo evitar removerme inquieta cuando desliza su mano entre mis piernas, lo que le hace detenerse.

–¿Me tienes miedo? –pregunta en un susurro. Mi piel demanda su tacto, pero él se aleja de mí.

–No...

–¿Crees que podría hacer daño a alguien como tú?

–No, no –deseo estar con él, aunque me inquieta la idea de que la persona que mejor me hace sentir sea un desconocido.

–Te deseo... –dice como si supiera lo que siento, su voz es cada vez más tenue– Deseo besar tu piel, tus hermosos labios. Eres preciosa. –Las yemas de sus dedos acarician mi pelo, mi cuello, mi pecho, para al instante siguiente posarse sobre mis muslos, sobre mi vientre– lo más bello que he sentido jamás.

En ese instante lo sé. En ese instante sé que lo sé, porque en el fondo lo he presentido desde el principio, pero no puedo decírselo. No puedo decírselo porque mis labios solo pueden articular mudos jadeos mientras siento como sus manos se adentran en mi cuerpo, me siento arder tanto que su cálida boca casi parece fría cuando se posa sobre mí. Mis latidos cada vez más rápidos, la sangre golpea con violencia mis sienes y mis oídos. Acaricio su cabello, pero al momento siguiente estoy agarrando con fuerza el satén de la colcha. Pierdo todos los sentidos salvo el del tacto, ni siquiera escucho mis propios gemidos pese a que siento como los voy liberando.

Cuando se acuesta junto a mí, estoy cansada. Siento la boca espesa, la garganta áspera, y una extraña calma se apodera de mí. Me libera los ojos pero las tinieblas del cuarto impiden que pueda ver más que su forma, pero ya no me importa. Me fío más de las palmas de mis manos, que extiendo hacía su rostro decidida, pero él me lo impide.

–No puedes verme –le digo al fin, extrañada de mi propia voz.

–¿Cómo lo has sabido? –su voz no suena molesta, sino amarga.

–Para tus manos soy más hermosa de lo que he sido nunca para los ojos de otros hombres. Ningún hombre que me haya visto pensaría que soy más bella que ninguna otra.

Intento acariciarlo de nuevo, pero él me sujeta las manos casi con terror.

–No lo hagas, por favor.

Pero yo ya no estoy asustada, ni inquieta. En sus brazos me he sentido mujer, me he sentido hermosa y me he sentido deseada, y yo lo deseo como ni siquiera sabía que era capaz. Sonrío.

–¿Dejarás que encienda la luz?

Él parece temblar.

–Si ves mi cara, sé que te desagradará, y no podrás ocultarlo.

No puedo evitar reír extrañamente, como anonadada.

–Como Eros a Psique, se empeñó en hacerle creer que era una bestia, pero cuando ella acercó la luz a su rostro, pudo ver lo hermoso que era.

–Yo no soy Eros. No enciendas la luz –su voz suena rota–, yo no soy hermoso.


–Para mí sí –le digo mientras beso su mejilla, allí dónde puedo sentir correr una lágrima, y no me importa que la piel sea rugosa y discontinua. Le abrazo y me dejo caer sobre su pecho, y el latido de su corazón me llena de una sensación plácida. Acaricio su vientre con los dedos– Si pudieras verme, no te parecería tan hermosa –sonrío– Yo tampoco soy Psique.

Marishka.



"La belleza que atrae rara vez coincide con la belleza que enamora". José Ortega y Gasset.

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Yo y el relato erótico no somos grandes amigos. No os acostumbréis.

7 de septiembre de 2014

Retrospectiva

Echando la vista atrás me he dado cuenta
Que escribía, como sentía, en mis primeros tiempos,
Con espíritu de guerra.
Demasiado influenciada
Por ese tesoro nuestro que es el veintisiete:
Por el polvo y la sangre,
Por la luna de plata y el amor oscuro
De Federico.
Incluso por los cuerpos
Desnudos del deseo de Luis
-por qué negarlo-.
Con algo de la rabia y la blasfemia
De los ángeles encadenados de Otero,
Eso sí, siempre
Pintada de desazón romántica
-culpemos aquí a Bécquer-.
Pero al paso del tiempo fui dejándome
Seducir por el encanto esteticista,
Por los olores, los ritmos, las texturas
Por Rubén Darío, por Neruda.
Pero es demasiado pronto para ser modernista.
Hice el camino al revés, será que entonces
Pensé que de mayor me comería el mundo,
Y ahora no tengo ganas de probarlo.
La mirada de flâneur es menos comprometida,
Menos intensa, más curiosa
Pero aún no he vivido lo bastante
Para tanto cosmopolitismo.
Es pronto para ser una poetisa maldita
Es tarde para ser una poetisa rebelde.
Siempre me quedará Jiménez, me consuelo
Sutil belleza de lo inclasificable.
Pero aún para esa verdad desnuda soy muy joven
Aún no sé lo bastante.
Incluso me parece que sé menos que antes.
Vaya tiempo incierto. Seguro
Que estaréis cansados ya de tanto poeta.
Ahí va otra metáfora.
Es tarde para el punk.
Y es pronto para el blues. Incluso es pronto.
Para escribir un texto como este.

Marishka.


P.D: El autor del blog ha cambiado, pero sigo siendo yo.
P.D 2: Si alguien me lee, estaría bien que os manifestarais. Así puedo saber que estáis ahí :)



"Nadie puede en su vida escapar a una deplorable crisis de entusiasmo". (Stendhal)

12 de noviembre de 2012

Ecos en la niebla - Primer Capítulo.


–¿Edgar? ¡Edgaaaar!
La voz de soprano de la señora Everhart sacudió sus pensamientos. Se dio cuenta de cuanto le escocían los ojos y le pareció que casi se partía el cuello al incorporar la cabeza. La rolliza mujer parloteó sobre la incomodidad del viaje y luego sobre la excesiva austeridad del edificio y de la habitación sin interrupción alguna de por medio. Después de su violenta irrupción en el universo privado del joven, la calma personificada, el señor Everhart, entró en la habitación tras ella sin hacer ruido y cerró la puerta con un solo gesto elegante.
–Buenas noches, chico –dijo con voz pausada.
–Hola, tío Albert –Edgar se extrañó de su propia voz. Llevaba horas sin hablar–. Tía Molly –puso una mano en el hombro de la gruesa mujer, que en ese momento estaba preocupada por su alimentación–. Estoy bien, de verdad.
Se dirigió al escritorio sobre el que había estado trabajando todo el día.
–Mirad.
El pequeño aparato brillante de latón y cobre plagado de engranajes podría haber sido un escarabajo alado. Edgar giró varias veces la cuerda.
–Creo que necesita engrasarse un poco.
Dejó el insecto metálico sobre la madera del escritorio y este dio varias vueltas sobre un ala, con un horrible chirrido.
–No está terminado –explicó frustrado. Su tía sonrió de forma tensa.
–Muy bonito –fue como si un niño le hubiese enseñado un garabato en una hoja de papel. Edgar se sintió avergonzado.
–Estará acabado para cuando vea a Johanna.
–Tendrás tiempo de perfeccionarlo –su tío Albert estaba sentado sobre una silla de madera gastada. Edgar lo miró extrañado y sus ojos le devolvieron la respuesta. Se dejó caer abatido sobre la silla. Su tía se palmeó una mano con la otra, cruzadas sobre el pecho, como siempre que no sabía bien qué decir.
–Te hemos traído un regalo.
***
                –No puedo creer que el tío Howard haya decidido encerrar a Johanna en casa.
El coche traqueteaba por la ladera de la colina. La montaña había dado paso al valle. Pronto se adentrarían en el bosque, y no habría más luz que la que emitían los pequeños faroles colgados al frente del coche, que alumbraban a los caballos.
                Edgar estaba furioso. Se retorcía nerviosamente el pañuelo de cachemir que sus tíos le habían traído de su viaje a las Indias. El tejido era maravillosamente suave, pero a Edgar no le gustaba el estampado. Se lo había puesto por contentar a Molly Everhart y porque allí, en mitad del bosque, nadie lo vería de todos modos.
                –Es por lo de su... problema –dijo la irritante voz de su tía frente a él. Edgar arqueó las cejas, indignado.
                –Es como si fueras... no sé, coja, o tartamuda, o... sorda. ¿Por eso no vas a salir de casa?
                Su tía pareció sopesar la situación.
                –No es lo mismo... –dijo al fin, tratando de sonar apaciguadora.
                –¡Claro que lo es! –casi gritó Edgar–. Algún día la gente como Johanna sólo tendrá que tomar una píldora antes de dormir, y entonces todos veréis que yo tenía razón.
                Su prima Johanna era una jovencita dulce y buena, y Edgar la adoraba. Le había costado mil horrores aprender a leer y aún se avergonzaba de hacerlo en voz alta, y tenía muchas dificultades para resolver una sencilla operación matemática. Pero Johanna no era tonta, por supuesto que no. Se acordaba de todo cuanto había visto y oído y Edgar la había escuchado tocar en el piano complicadas sonatas sin mirar la partitura. La gente le agobiaba, sobretodo los hombres. Rara vez hablaba con ellos y nunca dejaba que nadie la tocase. Edgar era la única excepción. Se conocían desde niños, y se querían muchísimo. Edgar era el único que podía calmarla cuando se agobiaba demasiado y se ponía a gritar, y sólo ella creía verdaderamente en Edgar, en sus ideales adelantados a su tiempo, en sus sueños de futuro y progreso. Al parecer, su padre había decidido que nunca podría casarla, y la había condenado a quedarse en casa bordando un ajuar que nunca estrenaría, y preparándose para cuidar de él cuando la gota o el reuma le impidieran moverse de la cama.
                –Seguro que algún día tú encuentras esa píldora mágica –zanjó su tía, rezumando dulzura.
                Edgar bufó y se giró bruscamente hacia la ventana, escudriñando la oscuridad en la espesura del bosque. Odiaba la ignorancia de los adultos de su entorno, pero aún odiaba más la condescendencia de su tía, que lo siguiera tratando como al niño de ocho años que soñaba con ser médico. Su tío Albert era diferente, Edgar sabía que más razonable, pero nunca contradecía a su esposa. No había participado en la conversación, de hecho no había mediado palabra desde que salieran de Londres. No sabía si porque la experiencia le había enseñado su inutilidad o porque su padre le advirtió antes de prometerlos, pero desde que pronunciara los votos, Albert Everhart no había llevado a su esposa abiertamente la contraria.
                Divisó una construcción de hierro y piedra, de aspecto ruinoso y decaído. Un lobo aulló en la noche. Sin saber por qué, a Edgar se le erizó el vello de la nuca bajó el pañuelo.
                –¿Está habitada? –Edgar se había girado hacia la parte delantera del coche, dónde estaba el cochero.
                –¿Villa Adelaide? –contestó el Señor Philips con su acento escocés– Un hombre extranjero la construyó en honor a su esposa. Se supone que nadie vive allí desde que ella murió.
                –¿Se supone?
                –Bueno, los perros ladran día y noche, alguien tiene que darles de comer. No sé si el viejo se siga pasando por aquí, pero seguramente haya alguien manteniendo la casa.
                No sabía lo que el Señor Philips entendía por “mantener la casa”, pero si alguien lo hacía desde luego no había considerado incluir el jardín. Estaba lleno de maleza, y la hiedra había crecido salvajemente hasta cubrir por completo una cara de la fachada. Edgar oyó el ladrido de los perros cuando pasaron por delante y la dejaron atrás. Parecían competir con los lobos del bosque en una especie de canción que helaba la sangre. Edgar advirtió que su tía tenía algo de miedo, a juzgar por lo inquieta que estaba en el asiento.
El Señor Philips detuvo el coche frente a un enorme edificio de piedras de aspecto rústico. No tenía nada que ver con las edificaciones de Londres, era más ancho que alto y de color más beige que gris. Había mucha vegetación, pero estaba cuidada. Los dos grandes bloques principales estaban unidos por unos muros que circundaban lo que sin duda era un patio interior. Edgar tuvo la extraña sensación de haber soñado con esa casa.
–¿He estado aquí antes, verdad?
–Hace mucho, cuando eras pequeño –su tía no lo miraba– Es poco probable que te acuerdes.
Edgar vagó por los alrededores de la puerta principal. Una campana sonó en el interior.
–Medianoche –dijo el mayordomo escocés–. Será mejor que entremos. El señor Everhart les estará esperando.

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El próximo capítulo prometo ilustrarlo con imágenes, este es más bien introductorio.



"Ten cuidado con tus sueños: son la sirena de las almas. Ella canta. Nos llama. La seguimos y jamás retornamos." Gustave Flaubert



Marishka, the Shade of Shadows.

5 de noviembre de 2012

Ecos en la Niebla - Prólogo


La lluvia cae violenta sobre la ciudad. Arrastra el polvo de las paredes y del adoquinado: el polvo de los años, el humo de las fábricas, la mugre del progreso.
Las lámparas de gas cumplen el papel de titilantes estrellas en una noche ciega, sin luna. La niebla es una capa pesada y espesa que enturbia el brillo de las luces dotándolo de una levedad fantasmal.
El repiqueteo de la lluvia acuna los sueños intranquilos del joven que duerme, los ojos agitándose veloces bajo los párpados. Un relámpago ilumina la ciudad cuando estalla más fuerte la tormenta.
***
Hay dedos desnudos, grises y ásperos, que tiran de él y de sus ropas hacia el suelo. Recuerda haber sido más grande, pero es una idea lejana. Corre mientras los brazos del bosque tratan de detenerlo, arañándole la piel a su paso. Reverberan los ecos de un grito en las lejanas colinas y el entramado centenario detiene la luz. Por todas partes se filtran rayos por los huecos entre las hojas proyectando dibujos fantasmales.
Siente la calidez de la sangre, sus oídos se llenan del ruido de una pequeña herramienta de metal, que chirría como la cuerda de una vieja cajita de música. El sonido de las ruedas dentadas sobre el óxido moviéndose perezosas le hace estremecer. La fatiga golpea sus pulmones como un puñetazo y se deja caer exhausto sobre el suelo, con los ojos cerrados y boqueando. Trata de moverse y ninguno de sus músculos responde al estímulo. Siente que va a morir y abre los ojos hacia la noche, techada de hojas.

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Después de estos milenios de inactividad me he decidido a embarcarme en la aventura de una historia por capítulos. Siento la brevedad de la entrada, pero unirlo al primer capítulo sería demasiado largo. Sin más, espero que disfrutéis leyéndola y que os encariñéis con los personajes tanto como yo.

Tened cuidado con los sueños.

Marishka.

2 de septiembre de 2011

La leyenda del Capitán Errante.

Cuentan que el Capitán Errante fue alguna vez verdaderamente joven, y siendo apenas un muchacho, una bruja apareció en su barco mientras dormía y le hizo una pregunta.

–¿Qué temes, marinero?

El Capitán siempre fue un joven temerario, aún así reflexionó sobre aquello y se le ocurrieron algunos temores, pero ninguno le pareció lo suficientemente importante para decírselo a aquella bruja.

–A la muerte –admitió finalmente– Temo morir sin disfrutar de la vida realmente.

La bruja pareció satisfecha con la respuesta.

–Si vivieras eternamente –le dijo– ¿que harías?

El joven pirata alzó los brazos, abarcando con un gesto la cubierta de su navío, y más allá, las tranquilas y misteriosas aguas del mar abierto, la suave brisa con olor a sal y la brillante luna llena en el horizonte despejado.

–Lo que hago –respondió sencillamente, encogiéndose de hombros.

La bruja asintió sonriente, y extendiendo un brazo, llamó a una oscura gaviota que sobrevolaba la cubierta. El ave se posó sobre el más alto de los mástiles del navío.

–Este es mi regalo –dijo la bruja– mientras ella vuele sobre la cubierta de tu barco, serás eternamente joven.

Cuentan que la gaviota jamás abandonó la cubierta, y que desde entonces el Capitán Errante nunca ha pisado tierra.

La bruja desapareció, pero a la noche siguiente volvió a aparecerse en el barco y preguntó al Capitán:

–¿A quién amas?

El capitán no tuvo que pensarlo demasiado.

–A nadie –respondió. Aunque no navegaba sólo, no tenía familia, ni amigos, y nunca se había enamorado.

La bruja pareció enfadarse y alzando los brazos, hizo levantarse una tormenta que cayó sin remisión sobre el barco. El viento sacudió el navío, llovió durante toda la noche de forma torrencial, y las olas se agitaron sobre la superficie del mar, altas y poderosas, de forma salvaje.

El Capitán perdió a toda su tripulación, y sintiendo la muerte de cada uno de sus hombres, comprendió que realmente de algún modo los amaba, pues eran sus únicos compañeros, y que esa era la respuesta que esperaba la bruja.

Mil días con sus mil noches pasó el Capitán sólo, vagando, con la única compañía de la oscura gaviota, lamentando la muerte de sus marineros, hasta que al fin llegó a comprender que el amor y el miedo mueven a los hombres, y que aquellas dos simples respuestas definían a las personas.

Desde entonces hasta nuestros días, cada vez que un hombre entraba a formar parte de su tripulación, el Capitán le preguntaba primero qué temía, y si su respuesta le convencía, le dejaba pasar una noche en el barco. Al día siguiente, el Capitán le preguntaba qué o quién amaba, y eso le servía para saber si él también llegaría a amarlo.

El Capitán suele evitar a aquellos que temen y aman la misma cosa, pues ese tipo de devoción puede llevar a cometer a los hombres los actos más inhumanos. Desconfía también de aquellos que dicen amar a un dios antes que a un ser humano, y también de aquellos que dicen no temer ni amar a nada. No le gustan los hombres que no aman y temen demasiado, así  como suele tratar de corregir a aquellos que todo lo aman y nada temen.

Cuentan también que en cientos de años, con cientos de tripulantes que han pasado por su barco, nunca nadie desde aquella bruja le ha vuelto a hacer jamás la misma pregunta.