21 de septiembre de 2014

Eros.

Aprieto las palmas de las manos contra el vestido negro de encaje mientras avanzo nerviosamente por la majestuosa estancia. Pulso el interruptor que ilumina una lámpara de lágrimas de cristal de aspecto antiguo. Me siento pequeña en medio de tanto lujo, acaricio distraídamente la suave tapicería granate del rígido sofá, el negro lacado del piano. Aprieto una tecla y acto seguido ya estoy intentando una melodía sin éxito.

–¿Te gusta el piano?

Él está detrás de mí. Ha estado ahí todo el tiempo, junto a la cortina, esperándome en el más absoluto silencio. Un escalofrío recorre mi espalda. Me giro para mirarlo. El imponente traje negro, de un tejido exquisito e impecable, el elegante cabello oscuro, el antifaz que cubre casí todo su rostro, sobrio, negro, dejando sólo al descubierto el mentón y los finos labios. Es atractivo, misterioso y sombrío.

–Sí... señor.

–¿Sabes tocarlo? –su voz es aterciopelada y apenas la eleva, como una caricia sugerente.

–No... –aparto la vista, avergonzada, mirando la punta de mis zapatos de raso mientras él se acerca. Coloca sus manos de finos y delicados dedos en mis antebrazos y me da la vuelta con suavidad. Mi escasa altura frente a la suya permite que pueda asomarse por detrás de mí y acercar sus manos a las teclas. Las coloca sobre las mías, con suavidad, su tacto me eriza el vello de la nuca, pero no me desagrada. Toca una combinación de notas, muy despacio, y posa sus dedos sobre el dorso de mi mano. Tardo unas fracciones de segundo en darme cuenta de que he de repetirla. No es hasta que él toca otra secuencia que me doy cuenta de que es la Para Elisa. Repito sus movimientos hasta que me es imposible seguirlo. Entonces él dirige mis dedos personalmente, sin brusquedad, desliza mi mano bajo la suya de una tecla a otra, mientras su otra mano acompaña la melodía en la parte más grave. La canción se reconoce, pero el tempo es incorrecto. Mis dedos son demasiado lentos, mientras que los suyos se mueven por el piano como si estuvieran hechos para eso. Maravillada, no me he dado cuenta de la proximidad que han tomado sus labios a mi rostro, su fragancia amaderada me envuelve en un cálido abrazo.

Detiene finalmente la música y dirige sus cálidas manos a mi rostro. Acaricia mis mejillas, mis párpados, desliza el pulgar por mis labios.

–Eres preciosa –dice muy cerca de mí. Salgo de mi ensimismamiento y abro los ojos, trato de escudriñar tras las escuetas rendijas de su máscara de raso, pero él se aparta de mí. Se sienta sobre el decimonónico sofá, pero no retira sus yemas de los dedos de los míos, invitándome a seguirlo. Lo miro desde arriba, desde el hueco entre sus rodillas. Coloca sus manos sobre la cara exterior de mis muslos. No es una caricia obscena, pese a que nunca nadie me había tocado así antes.

–¿Te gusta el vestido?

–Es precioso, señor –no sé qué decir, no estoy acostumbrada a una prenda de ese tipo, ni a la preciosa perla, seguro auténtica, en forma de lágrima que cuelga sobre mi pecho, a juego con las más pequeñas de las orejas, pero tendría que ser una auténtica idiota para no reconocer la calidad del tejido negro que me envuelve– Nunca había llevado un encaje tan exquisito.

Mi respuesta le hace sonreír.

–Tiene un tacto maravilloso, ¿verdad?


Asiento mientras sus dedos ascienden por mis caderas y mi cintura, mientras se yergue, hasta llegar a la espalda allí dónde el vestido la deja al descubierto. Su tacto sobre mi piel desnuda activa de nuevo estremecimientos eléctricos. Siento la necesidad de corresponderle, de colocar las manos sobre su pecho, de acariciar su afilado mentón y retirar la máscara que cubre sus ojos, pero tengo miedo de incomodarlo, de que un momento violento rompa la magia que parece flotar sobre nosotros. Su delicada gentileza me hace sentir extremadamente torpe, de modo que no hago otra cosa que dejarme llevar, y estrictamente me dejo llevar, porque ha empezado a conducirme hacia otra estancia con su mano sutilmente posada sobre la mía.

Es un dormitorio, con una impecable colcha y cojines, pesadas cortinas, un tocador de caoba y otros detalles lujosos. Su fragancia es más intensa allí, como si estuviera de algún modo impregnada en los tejidos. Todo en ella me provoca un impulso de acariciar las paredes, los muebles, las cortinas, pero no me muevo mientras él lleva su mano a mi pelo y retira el adorno que lo recogía a un lado, dejándolo caer suelto sobre mis hombros. Acerca su rostro a mi cabello y roza delicadamente mi cuello con sus labios, en lo que no es un beso sino más bien una caricia sutil. Todo ese deseo contenido me excita más que si me besara apasionadamente, que si la mano que en mi cintura me hace girar lentamente para encararlo estuviera posada sobre mis nalgas o sobre mis pechos.

–¿Quieres ayudarme? –me dice mientras se lleva los dedos al cuello de la camisa y empieza a desatar el nudo de la corbata. Las piernas ya me fallan, de modo que me libero de los zapatos. Pierdo altura frente a él, así que alargo los brazos para que mis dedos torpes lo liberen de la tela suave. Una oleada de perfume me hace perder toda reticencia y desabrocho un botón y después otro, dejando su marmóreo pecho al descubierto, y no puedo evitar besarlo. Temo que ese primer beso entre ambos sea demasiado rápido, pero no parece importarle, de modo que voy marcando una senda cada vez más cerca de su ombligo, incluso más allá. Me agacho para liberarlo también del pantalón, con un beso allí dónde una línea de vello finísima conduce al final de su vientre, pero me sostiene con ambas manos por los brazos sin apretar, con la suficiente firmeza como para no permitir que mis rodillas lleguen a tocar el suelo.

–Es pronto para eso.

Tengo ganas de discrepar, pero el tono de su voz disipa toda posibilidad. Me quedo callada mientras me alza sin aparente esfuerzo por la cintura, mientras sigo dándole vueltas a su hosquedad. Como para acallar mis temores, besa cálidamente mi boca por primera vez, y siento que mis músculos se destensan mientras separo mis labios para dejar paso a su lengua, al principio suavemente, después con anhelo, pero él se separa de mí. Su absoluta moderación me desconcierta, pero también me atrae. Sin un jadeo me deposita suavemente sobre la cama.


Lo que hace después me coge de improviso, y no puedo evitar dejar escapar un sonido ahogado, cuando anuda su corbata de seda detrás de mi cabeza y todo se vuelve negro. Lo que sigue es desconcertante y extrañamente excitante. Al principio me oriento por el halo de luz que viene de la lámpara, pero me niega también esa posibilidad. La habitación se vuelve un baile de aromas, pero sobretodo de texturas. La colcha es de satén, rematada con puntillas. Hay cojines de seda y siento también terciopelo. El cabezal es de madera fría y pulida, en cambio, su pecho y sus manos son todo calidez. Me besa sutilmente los labios y la barbilla, el cuello y la clavícula, la nuca y la espalda. Perdida y desorientada, no sé exactamente dónde está, ni dónde va a besarme o acariciarme. Siento sus manos sobre la cara interior de mis piernas, siento como levanta suavemente la tela del vestido. Acaricio su pecho, sus brazos, pero tanteo en vano en busca de su rostro. Sólo lo beso cuando él me besa. Cuando conduce sus labios lentamente desde mis tobillos a mis rodillas, y aún más arriba, me estremezco bruscamente y dejo escapar un gemido. Él se aparta de mí y durante un instante tiemblo por la incertidumbre. Privada de la luz, todo es extraño, y anhelo su roce pero no echo en falta su presencia, sé que está frente a mí. Sé que se ha quitado la máscara de suave raso negro cuando sus labios besan mi vientre ya desnudo por encima del ombligo. Sé que lo deseo, no cabe duda alguna, pero no puedo evitar removerme inquieta cuando desliza su mano entre mis piernas, lo que le hace detenerse.

–¿Me tienes miedo? –pregunta en un susurro. Mi piel demanda su tacto, pero él se aleja de mí.

–No...

–¿Crees que podría hacer daño a alguien como tú?

–No, no –deseo estar con él, aunque me inquieta la idea de que la persona que mejor me hace sentir sea un desconocido.

–Te deseo... –dice como si supiera lo que siento, su voz es cada vez más tenue– Deseo besar tu piel, tus hermosos labios. Eres preciosa. –Las yemas de sus dedos acarician mi pelo, mi cuello, mi pecho, para al instante siguiente posarse sobre mis muslos, sobre mi vientre– lo más bello que he sentido jamás.

En ese instante lo sé. En ese instante sé que lo sé, porque en el fondo lo he presentido desde el principio, pero no puedo decírselo. No puedo decírselo porque mis labios solo pueden articular mudos jadeos mientras siento como sus manos se adentran en mi cuerpo, me siento arder tanto que su cálida boca casi parece fría cuando se posa sobre mí. Mis latidos cada vez más rápidos, la sangre golpea con violencia mis sienes y mis oídos. Acaricio su cabello, pero al momento siguiente estoy agarrando con fuerza el satén de la colcha. Pierdo todos los sentidos salvo el del tacto, ni siquiera escucho mis propios gemidos pese a que siento como los voy liberando.

Cuando se acuesta junto a mí, estoy cansada. Siento la boca espesa, la garganta áspera, y una extraña calma se apodera de mí. Me libera los ojos pero las tinieblas del cuarto impiden que pueda ver más que su forma, pero ya no me importa. Me fío más de las palmas de mis manos, que extiendo hacía su rostro decidida, pero él me lo impide.

–No puedes verme –le digo al fin, extrañada de mi propia voz.

–¿Cómo lo has sabido? –su voz no suena molesta, sino amarga.

–Para tus manos soy más hermosa de lo que he sido nunca para los ojos de otros hombres. Ningún hombre que me haya visto pensaría que soy más bella que ninguna otra.

Intento acariciarlo de nuevo, pero él me sujeta las manos casi con terror.

–No lo hagas, por favor.

Pero yo ya no estoy asustada, ni inquieta. En sus brazos me he sentido mujer, me he sentido hermosa y me he sentido deseada, y yo lo deseo como ni siquiera sabía que era capaz. Sonrío.

–¿Dejarás que encienda la luz?

Él parece temblar.

–Si ves mi cara, sé que te desagradará, y no podrás ocultarlo.

No puedo evitar reír extrañamente, como anonadada.

–Como Eros a Psique, se empeñó en hacerle creer que era una bestia, pero cuando ella acercó la luz a su rostro, pudo ver lo hermoso que era.

–Yo no soy Eros. No enciendas la luz –su voz suena rota–, yo no soy hermoso.


–Para mí sí –le digo mientras beso su mejilla, allí dónde puedo sentir correr una lágrima, y no me importa que la piel sea rugosa y discontinua. Le abrazo y me dejo caer sobre su pecho, y el latido de su corazón me llena de una sensación plácida. Acaricio su vientre con los dedos– Si pudieras verme, no te parecería tan hermosa –sonrío– Yo tampoco soy Psique.

Marishka.



"La belleza que atrae rara vez coincide con la belleza que enamora". José Ortega y Gasset.

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Yo y el relato erótico no somos grandes amigos. No os acostumbréis.

2 comentarios:

  1. Yo podría acostumbrarme perfectamente a este tipo de relatos, porque he de decirte que ha sido increíble. No solo por la firmeza, por la sutileza de las situaciones y la impecable escritura para analizar cada una de las escenas, sino por el mensaje que transmite. A mí me ha encantado y tengo que darte la enhorabuena ;)

    Un besazo enorme!

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    1. Muchísimas gracias, fue algo muy espontáneo y la verdad no tenía claro si iba a ser algo como para enseñárselo a la gente hasta que lo acabé. Y aun cuando lo publiqué seguía sin tenerlo muy claro xD Por eso digo que no sé si haré más, porque no fue planeado, pero me alegro de que te guste :)

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